lunes, 5 de junio de 2017

Mujeres de 40 y 50 que prefieren hombres jóvenes.

            
                 Conversando acerca de…                 
                        


 Hola. Antes de comenzar el tema que vamos a tratar hoy, queremos darle las gracias y saludar una vez más a todos los lectores que han visitado nuestro blog y sobre todo, aquellos que de una forma u otra, han desnudado sus opiniones más  íntimas, dejándolas plasmadas en cada artículo que publicamos, quizás porque tienen la certeza que vamos a tenerla en cuenta, porque trabajamos con amor, respeto y humildad para todos quienes nos visitan. Mi respeto para ustedes, que son nuestra razón de ser.
 Pero hoy, acompañada de una taza de café y  por supuesto de usted, amigo lector, quiero conversar en primera persona acerca de lo que puede motivar a una mujer madura a enamorarse de un hombre más joven…
 Bien, motivada por la reacción que causó en el público el hecho de que el presidente de Francia está casado con una mujer 24 años mayor que él, reflexioné y escribí acerca de este polémico tema de la disparidad de edades, sobre todo cuando el hombre es el más joven en la pareja.
Pero no es de este matrimonio de lo cual me quiero referir en esta plática con ustedes; más bien quiero mencionar las razones capaces de propiciar que una mujer se sienta atraída por un hombre mucho más joven, sobre todo después que ésta ya pasa los 40 y quizás llega a los 50 y un poco más.
Tengo una buena amiga que está  comprendida en este  rango de edades que estamos tratando y simpáticamente siempre me dice: “It's better to steal a cradle than a grave”.‘
 Vamos, que mi amiga  prefiere dar compotas a dar fricciones. ¡Razones tendrá! ¿qué le parece a usted?
 Pero bueno, vamos, a ver cuáles serán esos motivos por los cuales una mujer de estas edades al igual que mi amiga, buscaría un hombre más joven. ¡Atención a los lectores, no es mi caso. No estoy  hablando de mí, ja, ja!    
 Pues bien amigos y amigas, suelen ser similares a los motivos que tienen los hombres que gustan de una mujer mucho más joven, con la diferencia de que el hombre, por lo general, lo hace para reafirmarse y además, no es mal visto.
Muchas personas ven con buenos ojos una relación de pareja desigual donde la mujer es mucho más joven que el hombre (¡Hablo de 20 años y más de diferencia!). Sin embargo… si lo hace una fémina, siempre van a sobrar opiniones, nada favorables.
¿Qué pasa cuando una señora de esta edad se siente apetitosa, atractiva y es dueña de sus finanzas económicamente? ¡Vamos…  que sabe caminar por la vida con una autoestima bien alta! Por lo general, se siente atraída por hombres más jóvenes que los mayores a su edad, puesto que muchos son considerados por ellas como “desechables” ya que  no resultan buenos candidatos para cubrir sus exceptivas en el sexo.
Es que los hombres de 50 años por lo general están más ocupados y preocupados en los asuntos del trabajo y las finanzas que en las necesidades sexuales de su pareja, sobre todo si ambos  son contemporáneos en edad y llevan cierto tiempo de relación, algo que no sucede cuando él es mucho más joven que ella. 
 ¿Pero es cualquier hombre el que llama la atención de estas eternas jovenzuelas en plena efervescencia sexual?
 La respuesta es no, aunque existen reglas. En el caso de este tipo de mujer, entran a jugar algunos aspectos como son el físico, la madurez y la sensualidad que puedan aportarle a su fantasía sexual un hombre más joven. Estos tres elementos son muy importantes para revitalizar las prácticas sexuales que aun demandan estas incansables e insaciables cuarentonas y cincuentonas, que ni el paso del tiempo las puede detener.
También gustan de la admiración que por lo general suelen mostrar estos “más jóvenes” cuando logran  que sus sentimientos sean tomados en serio por una mujer comprendida en dichas edades. Comportamiento este que  no se manifiesta de igual forma en los hombres mayores cuando están con una mujer de edad similar a ellos, sino solo si ella es mucho menor en edad.  
Sin embargo, para un hombre joven, este tipo de mujer representa una carta de triunfo en sus vidas, no solo por su independencia económica y profesional. ¡Nada, que una mujer de este calibre siempre es dueña y señora de sus propias acciones!. (¿Donde están esas mujeres que dicen siiii...Y los hombres que dicen “¡ahhh, mujeres!” , ja, ja.)
¡Hablando en serio,  ellas no necesitan que nadie cubra sus gastos y sus gustos por caros que sean! Ni tampoco se toman el trabajo de despertar a su media naranja en plena madrugada para preguntarle: ¿con  quién sueñas mi amor?
 Es que a ellas, simplemente les importa un pito esos detalles de adolescente, son tan seguras de sí que siempre van apostar por ellas mismas y este sencillo detalle es un detonante de pasión para los hombres de cualquier edad.
Y en el caso de los más jóvenes, ellos  adoran y disfrutan al máximo ese proceder en una mujer madura, ya que para ambos, hay un denominador común: disfrutar de las ventajas y placeres que le proporciona este tipo de relación en el sexo.  
Aunque ya en el siglo XXI la diferencia de edad en la intimidad ha tomado un rumbo más abierto, los datos que revelan las encuestas aún siguen siendo alarmantes. Se dice que solo un 30 %,  está de acuerdo con la diferencia de edad en la intimidad y el 70 %, en desacuerdo.
¡Dígame qué piensa usted, su opinión a nosotros nos interesa, ya que puede contribuir a que suba o baje el porcentaje a favor o en contra.
Bueno, aquí termino mi platica para con ustedes. Gracias una vez más, por compartir conmigo esta charla y de seguro los espero próximamente para seguir “Conversando acerca de:…”
 También nos puede sugerir temas de su interés, los cuales vamos a tratar en nuestro blog con mucho gusto. Le deseo que tenga un buen día, si es de día; una buena tarde si es de tarde... ¡Y si es de noche, que tenga una buena noche, pero siempre acompañado con alguien, o de algo. Mire…yo le voy a hacer una confesión: Preferiría que lo hiciera en compañía de alguno de nuestros artículos. ¡Es que usted nos interesa!….


 





Carmen Tamara         

domingo, 28 de mayo de 2017

La misericordia.

         

¿Por qué debemos perdonar y hasta donde nos hace bien hacerlo desde el corazón?
 Porque el rencor  y el odio son como el ácido, que destruye hasta el recipiente que lo contiene.
 Desgraciadamente, los seres humanos tenemos baja tolerancia al perdón. Deberíamos poner en práctica todos los días de nuestras vidas, la acción de perdonar a nuestros deudores, para que así el Padre tenga misericordia de nosotros y perdone nuestras deudas.
¿Cuantas veces usted ha suplicado a alguien que le perdone y le ha perdonado?
Tal vez han sido muchas, ¿verdad? Es que a los seres humanos nos gusta que tengan misericordia para con nosotros por nuestras malas acciones, pero nos cuesta el doble ser misericordioso con los demás.
 Es bueno destacar el pasaje bíblico donde Pedro, uno de los discípulos de Jesús le pregunta:
“Señor, ¿cuantas veces perdonaré  a un hermano que peque contra mí?  ¿Hasta siete?”
A lo que Jesús respondió: “no digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete” (Mateo 18: 21, 22).
Creo que el mensaje de Jesús es fuerte y claro, válido no solo para los cristianos, sino también para aquellas personas que pretendan entrenar la misericordia como escudo contra  los desmanes del ego.
Y en el caso particular de los cristianos, debería ser una acción a cumplir hasta el último día de nuestras vidas, aunque a veces lo olvidamos y terminamos haciendo lo contrario.
Nos congregamos de acuerdo a la fe cristiana que profesamos; escudriñamos en la Palabra hasta la saciedad….Damos, y escuchamos sermones “acerca de”…
Pero casi nunca  cumplimos con lo que dice la Palabra acerca de la misericordia. Dejamos siempre que el ego hable más alto, y a veces nos cuesta trabajo perdonar hasta nuestros hermanos en la fe. ¡ Que podrían esperar entonces aquellos que no lo son!.
Cuando Jesús estaba a punto de morir agonizando en la cruz, alcanzó a decir: “Padre perdónalos, pues ellos no saben lo que hacen”.  En ese instante, Jesús estaba clamando por la misericordia de su padre para con sus verdugos; no existe un ejemplo de amor más evidente, que pudiera describir la misericordia que sentía Jesús  hacia el prójimo.
Pero quizás usted piense: ¡Ese era Jesús, pero yo me llamo fulano (a) de tal!…
 Bueno, no importa cuál sea su nombre. Solo le digo que practicar el perdón es un acto de amor no solo hacia el prójimo, sino hacia nosotros mismos, porque cuando usted entrega, recibe y ese intercambio se convierte en un bumerán.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia. (Mateo 5 : 7 )









Carmen Tamara

¿Cuánto necesito para ser feliz?

                
Viene a mi mente un fragmento de una vieja canción que decía algo así:

 “Soy feliz porque nada tengo, soy feliz con la luz del sol,
  con el viento que me acaricia, con la gente a mi alrededor.
  Cuando siento que en este mundo, nada puede hacerme cambiar,
  soy feliz por sentirme libre, por vivir cada día más…”

Sería genial que en el siglo XXI nos fuera posible poner en práctica aunque sea una oración del fragmento antes citado, para añadirle una nota más al diapasón de elementos que pudieran conformar la felicidad de cualquier individuo.
Pero lamentablemente no es así; no basta con tener el sol que nos calienta cuando tenemos frio, ni el viento que nos refresca cuando sentimos calor, ni darle gracias a Dios por vivir un día más.
En fin, esos pequeños detalles los pasamos por alto ante la necesidad imperiosa de trabajar como esclavos para hacerle el juego al consumismo, como si fuéramos a vivir para siempre. Yo quiero compartir con ustedes una fábula, que  quizás ya muchos  la conocen, pero creo que ilustra a la perfección lo antes planteado:

                   El círculo del noventa y nueve

Un rey muy triste tenía un sirviente que se mostraba siempre pleno y feliz. Todas las
mañanas, cuando le llevaba el desayuno, lo despertaba tarareando alegres canciones de juglares. Siempre había una sonrisa en su cara, y su actitud hacia la vida era serena y alegre.
Un día el rey lo mandó llamar y le preguntó:

 -Paje, ¿cuál es el secreto?
-¿Qué secreto, Majestad?
-¿Cuál es el secreto de tu alegría?
-No hay ningún secreto, Alteza.
-No me mientas. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
-Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo.
Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, estamos vestidos y alimentados, y además Su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas que nos permiten darnos pequeños gustos. ¿Cómo no estar feliz?
-Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar --dijo el rey- Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba furioso, no conseguía explicarse cómo el paje vivía feliz así, vistiendo ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le preguntó:
-¿Por qué él es feliz?
-Majestad, lo que sucede es que él está por fuera del círculo.
-¿Fuera del círculo? ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
-No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
-A ver si entiendo: ¿estar en el círculo lo hace infeliz? ¿Y cómo salió de él?
-Es que nunca entró.
-¿Qué círculo es ese?
-El círculo del noventa y nueve.
-Verdaderamente no entiendo nada.
-La única manera para que entendiera sería mostrárselo con hechos.
-¿Cómo?
- Haciendo entrar al paje en el círculo. Aunque nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo, si le damos la oportunidad, entrará por sí mismo.
-¿Pero no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
-Si se dará cuenta, pero no lo podrá evitar.
-¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo y de todos modos lo hará?
-Tal cual, Majestad. Si usted está dispuesto a perder un excelente sirviente para entender la estructura del círculo, lo haremos. Esta noche pasaré a buscarlo. Debe tener preparada una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro.
Así fue El sabio fue a buscar al rey y juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. El sabio guardó en la bolsa un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no le cuentes a nadie cómo lo encontraste".
Cuando el paje salió por la mañana, el sabio y el rey lo estaban espiando. El sirviente leyó la nota, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció. La apretó contra el pecho, miró hacia todos lados y cerró la puerta.
El rey y el sabio se acercaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa, dejando sólo una vela y había vaciado el contenido de la bolsa.
Sus ojos no podían creer lo que veían: ¡una montaña de monedas de oro! El paje las tocaba las amontonaba y las alumbraba con la vela. Las juntaba y desparramaba, jugaba con ellas...
Así, empezó a hacer pilas de diez monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres, cuatro, cinco pilas de diez... hasta que formó la última pila: ¡nueve monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, luego el piso y finalmente la bolsa.
"No puede ser", pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
"Me robaron -gritó-, me robaron, ¡malditos!” Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas. Corrió los muebles, pero no encontró nada. Sobre la mesa como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedas de oro.
"Es mucho dinero -pensó- pero me falta una moneda. Noventa y nueve no
es un número completo. Cien es un número completo, pero noventa y nueve no”.
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, tenía el ceño fruncido y los rasgos tensos, los ojos se veían pequeños y la boca mostraba un horrible rictus.
El sirviente guardó las monedas y mirando para todos lados con el fin de cerciorarse
de que nadie lo viera, escondió la bolsa entre la leña. Tomó papel y pluma y se sentó a
hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar para comprar su moneda número cien?
Hablaba solo en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla; después, quizás no necesitaría trabajar más. Con cien monedas de oro un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas de oro se puede vivir tranquilo.
Si trabajaba y ahorraba, en once o doce años juntaría lo necesario. Hizo cuentas: sumando su salario y el de su esposa, reuniría el dinero en siete años. ¡Era demasiado tiempo!
Pero, ¿para qué tanta ropa de invierno?, ¿para qué más de un par de zapatos? En cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio volvieron al palacio.
El paje había entrado en el círculo del noventa y nueve. Durante los meses siguientes,
continuó con sus planes de ahorro. Una mañana entró a la alcoba real golpeando las puertas y refunfuñando.
-¿Qué te pasa? -le preguntó el rey de buen modo.
-Nada -contestó el otro.
-No hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría Su Alteza, que fuera también su bufón y juglar?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.


La mayoría de nosotros hemos sido educados en esta psicología: siempre nos falta algo para estar completos y sólo entonces podremos gozar de lo que tenemos: siempre nos faltan "cinco centavos para el peso".
Nos enseñaron que la felicidad deberá esperar a completar lo que falta. Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca podemos gozar de la vida.
Otra cosa sería si nos diéramos cuenta así de golpe, de que nuestras noventa y nueve
monedas son el cien por ciento de nuestra fortuna, de que no nos falta nada, de que nadie se quedó con lo nuestro.
Es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que por codicia, arrastremos el carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados.
Un engaño para que nunca dejemos de empujar, sin ver los enormes tesoros que tenemos alrededor, aquí y ahora.
Añoramos lo que nos falta y dejamos de disfrutar de lo que tenemos. Viva el  presente,  siempre es hoy…








Carmen Tamara